viernes, 30 de septiembre de 2011

Teatro para exportar


El viernes de la semana pasada se estrenó en Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño, el musical La novicia rebelde (The sound of music) con talento 100% venezolano, bajo la batuta del experimentado director: Vicente Albarracín y protagonizado por la talentosa Mariaca Semprún, Rolando Padilla, Lucy Ferrero, Gustavo Rodríguez, Fanny Arjona, junto a los niños y jóvenes: Natalia Román, Cristhian Vallester , Emily Caraballo, Luis Brito, Carlos Rodríguez, Alicia de la Bastide, Marianne Cuello, Isabella Socorro, Verónica Falcón, Annabella Medina, José Pablo Álvarez y Lester Arias, entre otros grandes del teatro y la televisión como: Maritza Briceño, Verónica Arellano, Julio Alcázar, Rafael Monsalve y José Roberto Díaz.

Asistir a un evento de esta magnitud en nuestra ciudad nos reconcilia con la Venezuela posible, esa que a veces olvidamos, en la que se pueden conjugar talento, profesionalismo, técnica, inteligencia, creatividad y ganas de hacer las cosas bien, para brindar un producto que nada tiene que envidiar a cualquier musical foráneo.

La novicia rebelde, estrenada en Broadway en 1959, nace a partir de la historia real de una novicia llamada María, quien es encomendada para cuidar a siete niños de un connotado, capitán de la Marina, viudo y con su encanto y talento fascina a los niños en cuestión y cautiva el corazón del capitán, en Austria a finales de los años 30 cuando ésta fuese ocupada por el dominio Nazzi. Es una historia de amor, de libertad y de cómo la perseverancia por conseguir lo que se quiere siempre se puede lograr. En 1965, la historia fue llevada al cine, protagonizada por la inolvidable Julie Andrews y Christopher Plummer, que le valió el Oscar a mejor Película y Mejor Director de ese año y ha quedado grabada en el inconsciente colectivo, como una hermosa historia donde el amor vence todos los obstáculos posibles y sus melodías han dejado huella en todos los oídos que han disfrutado el film: nadie puede olvidar el famoso Do-Re-Mi…

Esta vez de la mano de la naciente productora Escena Plus (herederos de Palo de Agua Producciones) han decidido hacer la versión nacional de este conmovedor musical y han convocado a lo mejor del arte escénico y musical. Vicente Albarracín, sagaz y visionario no dudó en asumir la responsabilidad desde diciembre del año pasado y no contento con versionar algunos detalles del texto y la letra de todas las canciones, ha logrado concretar un espectáculo que no tiene desperdicio por ningún lado que se mire. Extraordinarias interpretaciones, una orquesta de lujo (La Gran Mariscal de Ayacucho) dirigida impresionantemente por Elisa Vegas y es que Albarracín a la hora de conducir espectáculos de esta envergadura, no duda en rodearse del mejor talento venezolano en todas sus áreas y complementar con algún artista extranjero, su equipo estuvo conformado por: Edwin Erminy en la escenografía, Raquel Ríos en el vestuario, Ángel Ancona (México) en la iluminación y en la dirección coreográfica la maestra Luz Urdaneta, todos bajo la producción general de Claudia Salazar.

Pero definitivamente con este musical, el mayor atractivo además del elenco infantil, lo lleva en sus hombros la impactante Mariaca Semprún: cantante, actriz, bailarina, quien con su interpretación, y presencia escénica logra borrar de la mente la imagen de la Andrews para hacer que el público la ovacione y la acompañe a cantar sus canciones. Ya había pasado mucho tiempo que en los escenarios caraqueños no disfrutábamos de un despliegue de talento energía, profesionalismo y verdadero compromiso con su arte como lo hace Mariaca, estamos absolutamente seguros que con este reto y los que vengan la actriz se convertirá en una de las mejores de nuestro país.

No podemos finalizar esta nota sin hacer mención de la importancia que reviste en estos momentos para el país entero que experiencias de este tipo se realicen, en principio por el rescate innegable de nuestro teatro más importante para lo que fue diseñado: divertir al público como centro cultural que es y ofrecerle lo mejor del talento venezolano a los espectadores. Por otra parte la posibilidad de disfrutar en familia sin diferencias de ningún tipo un espectáculo digno de exportación, esto sólo es posible a través del arte cuando todos los elementos se conjugan de manera eficaz y se trabaja por un fin: ofrecer el mejor teatro que nuestro público se merece.

¡Bravo!

L. A. R.

Caracas, 29 de septiembre de 2011.

Comentarios: luisalbertorosas@gmail.com

lunes, 19 de septiembre de 2011

¿Un Presidente loco?


Corría el año de 1945 y Venezuela entraba vertiginosamente en la modernidad, las ciudades se transformaban, Medina Angarita era el Presidente de la República, las elecciones estaban próximas a ocurrir, y los “medinistas” ya habían tomado la decisión “Diógenes Escalante es el hombre”.

Este marco histórico de nuestra contemporaneidad, sirve de pretexto al reconocido hombre de teatro Javier Vidal, para recrear un patético momento de nuestra realidad política que cambió drásticamente el curso de nuestra democracia. Diógenes y las camisas voladoras, es su más reciente texto escrito que cuenta los acontecimientos ocurridos en el interior de una habitación del afamado Hotel Ávila, donde el Pre-candidato Diógenes Escalente, su secretario privado y el joven doctor Ramón J. Velásquez hilan la trama de una tragi-comedia que termina por desarticular la política nacional en tanto su protagonista sufre un ataque de locura y es declarado no apto para asumir las riendas del país.

Como experimentado dramaturgo que es, Vidal logra tejer de manera extraordinaria un texto de teatro político donde los acontecimientos se van precipitando de manera inexorable y fascinan a la audiencia, su anécdota le permite magistralmente trasladarnos a los momentos decisivos de agosto y septiembre de 1945 que signaron posteriormente el golpe militar en Octubre de ese mismo año. Al mejor estilo “cabrujiano” de contar hechos históricos para hablarnos de la realidad actual, Vidal no pierde tiempo para a través del entramado textual irnos develando “lo que podría ocurrir si llega a Miraflores un Presidente loco” Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Por su parte, todos los elementos que acompañan este espectáculo se conjugan de feliz manera para entregarnos un teatro de altura que añorábamos en la marquesina caraqueña. La dirección y puesta en escena de Moisés Guevara, lucen limpias, cuidadas y sin exageraciones espectaculares. Se concentra en el decir e interpretación de los actores quienes dan derroche a sus talentos indiscutibles. Un teatro hiper-realista, con guiños a las rupturas “brechtianas” logran consolidar un espectáculo soberbio que teníamos mucho tiempo esperando.

José Miguel Dao (Ramón J. Velásquez) sorprende con una sobria caracterización contundente y a sus anchas, respalda la fortaleza de las nuevas generaciones de actores venezolanos. Lo secunda Jan Vidal, hijo de gato caza ratón, diría el proverbio popular, cómodo en escena, divertido y verdadero, entrega un carácter que da muestras de lo que se espera en el futuro de este heredero de artistas (hijo de Julie Restifo y Vidal) Coronando el elenco el mismo Javier Vidal, nos ratifica que la madurez cronológica hace que los histriones se conviertan en actores cada vez más versátiles y experimentados. Su dibujo de Diógenes Escalante no tiene desperdicio por ninguna arista y demuestra su consagración como intérprete.

Diógenes y las camisas voladoras, permite revisarnos como sociedad, enciende las alarmas y nos pone de manera muy inteligente frente al terrible espejo de la realidad que supera a la ficción. Acompañados de una exquisita producción de manos de las veteranas Margarita Lamas y Carmen Jiménez, este espectáculo nos reconcilia con nuestro arte y nos hace pensar, no solamente en lo cíclica que puede ser la historia de un pueblo, sino cómo los verdaderos artistas del teatro logran conmover y usar sus recursos escénicos para poetizar los hechos reales.

L.A.R

Caracas, 16 de septiembre de 2011.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Ofrecen traiciones 2x1 en La Calle del Infierno


Arriban a su segunda temporada, esta vez se presentan en la Sala de teatro 2 del CELARG jueves, viernes y sábados a las 8 de la noche y los domingos a las 7, tres insólitas mujeres que le harán reír a mandíbula batiente a la vez que reflexione acerca del poder de la amistad y la traición.

Se ha colocado en el tapete en los últimos meses la discusión de que los “teatreros de oficio” los que hacemos teatro de arte alejados del llamado “COLICO” (Comedia Ligera Comercial) estamos cuestionados por la poca convocatoria que tenemos de público en las distintas salas. Está en entredicho por estos días, la duración de una pieza teatral por su poca o mucha taquilla. Varios ejemplos vienen al caso, los gerentes de teatros como el Trasnocho, CELARG o Premium, han programado piezas de arte en sus recintos, sin embargo les colocan una condición: el lleno de taquilla para lograrlas mantener en cartelera.

Hacemos este introito para hablar del extraordinario espectáculo La calle del infierno, que merecería estar permanentemente en cartelera. Arriban al final de su temporada y nuestro público, los caraqueños que no han podido apreciar este logro del grupo Afrodiartes, no deberían perderse por ninguna razón el gran trabajo que protagonizan las actrices: Claudia Nieto, Carolina Torres e Irabé Seguías. Dirigidas inteligentemente por otra fémina Verónica Arellano quien se lanza al agua de la dirección escénica por primera vez ¡Y de qué manera!

Amparadas bajo el manto protector de un texto dramatúrgicamente casi perfecto, emanado de la pluma de Antonio Onetti, Sevillano de nacimiento y humorista por naturaleza, nos regalan la historia de tres pobres cajeras de automercado que sueñan con una vida mejor, como todos, y que a partir de un concurso de baile tejen una trama de pasiones, amores, odios, traiciones que no permiten descanso alguno al espectador que se impacta de principio a fin y no desperdicia momento para el disfrute y la reflexión.

Un texto inteligente, pleno de humor, desparpajo y contundentemente real, nos conduce a la calle del infierno, un parque de diversiones donde una de ellas ha decidido jugarse su final.

Las actrices, veteranas de las tablas venezolanas, consiguen un nivel envidiable. En pocos montajes teatrales se logra una sinergia tan clara y precisa y no son muchos donde al espectador le cueste discernir cuál de todas las actrices está mejor. No solamente esto se logra con un sólido texto como el de Onetti, sino por una correcta dirección, alcanzada en esta oportunidad por la también brillante actriz Verónica Arellano. Y es lo que suele suceder cuando una intérprete de la talla de Arellano se aventura a la dirección escénica, pues conoce por dentro el oficio, lo ha vivido y padecido en carne propia. Su gran hallazgo en este montaje es explotar los talentos de cada una de sus actrices, sus performances, sus facilidades corporales, pero por sobre todo sus particularidades interpretativas a la hora de “decir del texto”. Además la dinámica de la planta escénica dibujada por Arellano, permite el ritmo perfecto para la comedia, lo que definitivamente es más difícil de lograr con este tipo de libretos, en los que si se pierde el ritmo escénico se viene abajo todo el espectáculo.

Quizás y es el único punto de atención que ponemos sobre este montaje, sería revisar la producción, para hacerla más cuidada en el sentido de los materiales con los que se construye la escena, podría dar mayor solidez a la estética de la obra y procurar un espectáculo casi perfecto, decimos casi porque la perfección está lejos de existir, menos en una obra de arte.

En síntesis y como colofón, con La calle del infierno asistimos a un redondo espectáculo que se disfruta de principio a fin y deja un sabor de buen gusto en los sentidos. Ojala los programadores de las salas comerciales pudieran apoyar más y reconocer que el verdadero teatro, defendido con talento, calidad interpretativa y sapiencia del oficio a lo único que apunta es a educar al espectador caraqueño que deambula ignorante entre obras donde todo se lo facilitan en bandeja de plata sólo para que la caja registradora suene cada vez más. Con un simple apoyo publicitario, comercial, que venga de los propios recintos escénicos, estaríamos en presencia de un nuevo “boom” del teatro venezolano, como en otrora…

L. A. R.

Caracas, 09 de septiembre de 2011.

miércoles, 17 de agosto de 2011

El teatro en Caracas: golpe a golpe verso a verso






El teatro en Caracas, se ha convertido en una suerte de pera de boxeo, pese a la florida marquesina que ostentamos cada fin de semana (con más de 30 piezas en cartelera) y la pululación de espacios no c


onvencionales como bares, restaurantes, y todo lugar donde quepan unas 20 personas, ahí hay cabida para cualquier evento dramático que entretenga al ávido transeúnte necesitado de por lo menos una hora de esparcimiento, mientras hace tiempo para escapar del tráfico o se resguarda de la temible inseguridad que por estos tiempos juega con los caraqueños a la Ruleta Rusa.

Decimos pera de boxeo, porque a pesar de que podría ser una buena noticia la cantidad de espectáculos que se programan por doquier, cada vez hay menos salas convencionales donde los desesperados artistas escénicos encarnen a sus personajes. Otro golpe se asesta al ya maltratado teatro caraqueño y es la salida de la Fundación Proscenio de la regencia de la Sala de Teatro Luisela Díaz, sala que en un período de siete años (tiempo que duró la gestión de la mencionada fundación) fue recuperada, reformada, dotada y puesta a la disponibilidad del público en un ambiente idóneo para tal fin como lo es el Caracas Theater Club en la colina de la urbanización San Román.

Liderados por el actor, director, dramaturgo y gerente teatral José Manuel Ascensao, la Fundación Proscenio regaló a la ciudad uno de los espacios más placenteros, tanto para los espectadores, como para los artistas. Dentro de la Sala Luisela Díaz, los artistas además de sentirnos como en casa, nos sentíamos tratados como tiene que ser, con respeto a nuestro trabajo, con consideraciones y beneficios que ya quisieran muchos disfrutar en cualquier otro espacio teatral y es que no podía ser de otra forma cuando un hombre de teatro como Ascensao conocía y padecía el mundo escénico del cual es protagonista.

Lo cierto del caso es que el pasado domingo 14 de agosto la Sala Luisela Díaz cerró sus puertas al público comercial, por una decisión arbitraria de la Junta Directiva del Caracas Theater Club, quienes exigen más puestos de estacionamiento para sus socios, quitando la posibilidad al público externo de protegerse del hampa al asistir a los espectáculos. Una decisión de esta naturaleza no sólo nos despoja de un espacio ideal para los artistas, sino que deja al público caraqueño una vez más sin otro recinto para la cultura. Y por culpa de un estacionamiento.

La reflexión apunta entonces a preguntarnos si la Junta Directiva de un club que además se denomina “Theater” es decir TEATRO en inglés y además que ha sido uno de los pioneros en la actividad teatral dentro de las comunidades de este tipo, deje no sólo de ofrecer este placer al público en Caracas, sino de percibir las ganancias que por el arriendo de la Sala entraban a sus arcas e incluso impedir a sus propios socios (que disfrutaban de entradas gratis al teatro) poder continuar apreciando las propuestas de los hacedores del arte de Dionisios. Con sincera honestidad no comprendemos la incongruencia de esta decisión que nos corrobora la tesis que no solamente recibimos golpes de los líderes que rigen los destinos de la cultura oficial en el país, sino que también de quien menos nos esperamos nos dan un derechazo. Sería pertinente quizás proponer entonces que el club cambiara de nombre, para ser más coherentes con las decisiones tomadas.

Desde esta columna aboguemos por una salida viable a la situación y exhortamos a la sindéresis a la Junta Directiva del Caracas Theater Club para que toda su comunidad y el público caraqueño puedan continuar disfrutando de un espacio de cultura que se merece. Amén de ratificar nuestro apoyo y solidaridad incondicional a la gestión del gerente José Manuel Ascensao y todo su equipo (que suman más de 300 personas empleadas).

L.A.R

Caracas, 16 de agosto de 2011.

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lunes, 8 de agosto de 2011

El día que la historia de la humanidad cambió


Era una mañana como cualquier otra, una mañana de verano, casi entrando el otoño en la ciudad de Nueva York, la gente en su rutina nunca imaginó cómo sus vidas estaban destinadas a transformarse en un horror.

Aviones secuestrados: atentados terroristas contra el World Trade Center, uno de los centros financieros más significativos de la ciudad. Uno de los íconos más famosos de la arquitectura de la Gran Manzana fue derribado en 50 minutos por dos aviones que penetraron sus entrañas con la furia de un proyectil indetenible e inevitable. Bajo la mirada atónita del mundo entero, el corazón de la ciudad más importante del mundo fue destrozado en mil pedazos y como un castillo de naipes las torres Norte y Sur se desplomaron, arrastrando con ellas a miles de personas inocentes y transformando definitivamente la seguridad del país más poderoso del mundo.

Este año se cumplirá una década de esa mañana nefasta que dejó muerte, guerra y desencajó la vida de la humanidad volviéndola más vulnerable, más aterrorizada y mucho más indefensa ante la furia y el miedo de los que creen son los amos del mundo.

El pasado viernes, el Grupo Teatral REPICO, estrenó su más reciente pieza, de la mano de uno de nuestros más prolijos dramaturgos: Gustavo Ott, quien en una audacia dramatúrgica, crea un texto impactante donde logra sintetizar los 50 minutos más terribles que nos ha tocado presenciar a la humanidad. En un despliegue de inteligencia y poesía, Ott consigue paralizar al espectador con el relato de las Torres Gemelas y asistimos a su agonía, quizás impensable que podamos escuchar la historia de su propia muerte de boca de la Torre Norte y Torre Sur, humanizadas, transformadas en dos mujeres ultrajadas que relatan su agonía minuto a minuto. Sólo una mente tan aguda y comprometida con su entorno puede imaginarse cómo padecieron estas moles de concreto su propia muerte. Sólo un artista de la talla de Gustavo Ott ha podido vislumbrar y ponerse en la posición de estos dos rascacielos y elucubrar desde el punto de vista humano cómo se agotaba su existencia.

Monstruos en el closet, ogros bajo la cama, es el título que decidió el dramaturgo colocar a éste, su más reciente obra, para significar el miedo paralizante que dejó el trágico suceso del 11 de septiembre de 2001 a todos los que lo vivieron y padecieron y a todos los que después de ver ese infierno más nunca pudieron conciliar el sueño y viven presas del pánico.

Bajo la batuta de la directora Consuelo Trum, REPICO logra una propuesta desgarradora sin exacerbaciones, ni dramatismos. Este es un gran acierto de la dirección. Ya que el relato de Ott es demasiado duro y penetrante como para revolcarse en el dolor. Más bien la frialdad y la contundencia con la que Trum maneja a sus actrices y cómo interpretan a los diferentes personajes, hace que el impacto sea mayor. Lenni Márquez y Valeria Castillo, son las arrojadas actrices que asumen la difícil tarea de encarnar a Las Torres Norte y Sur, respectivamente. Además de una cantidad de personajes que fueron protagonistas del suceso, dentro y fuera del Word Trade Center aquella mañana hace ya diez años. Hábilmente el dramaturgo intercala los relatos de los humanos: aeromozas, madres, hijos, padres, esposos, bomberos, rescatistas, etc. Que fallecieron o sobrevivieron al atentado en medio del relato atormentado de las dos torres que no entienden los que les pasan hasta que se ven demolidas a escombros.

Las actrices logran conmover y concretar un desempeño impecable que junto a la concepción estética de la puesta en escena, traslada al público al momento de la tragedia. Jesús Barrios (Escenografía); Joaquín Nandéz (Vestuario); Darío Perdomo (Iluminación) y Claudia Aponte (Música Original) engranan un equipo de estetas que logran impactar de manera eficaz al espectador y comprender la idea extraordinaria de su directora para conformar un espectáculo sólido que todo el mundo debe apreciar para entender de una forma hermosamente terrible, por qué aquel 11 de septiembre nos cambio la historia a todos.

L. A. R.

Caracas, 08 de agosto de 2011.

Comentarios: luisalbertorosas@gmail.com

martes, 2 de agosto de 2011

Paco dio su última función



No esperábamos que fuese tan pronto. La noticia de la enfermedad de Francisco “Paco” Alfaro, nos golpeó fuerte a todos los hombres y mujeres que hacemos el teatro de hoy en día en Venezuela. No era posible, pero como sabíamos el carácter de Paco, quizás, tristes, acotábamos a la noticia que él era un hombre fuerte y saldría airoso de ésta como siempre lo hizo de las situaciones más insólitas a la que se sometió después que tuvo en sus hombros la responsabilidad de conducir a la agrupación más emblemática del Teatro venezolano-Rajatabla- a consecuencia de la también repentina muerte de su amigo y fundador Carlos Giménez en 1993. Dieciocho años pasaron y contra todo pronóstico, Paco se subió al timón y logró enderezar la nave que muchos pensamos iba a naufragar en cualquier momento por la ausencia del padre genio. Sin embargo, no ocurrió y para grata sorpresa de todos los venezolanos Rajatabla sigue allí, incólume e indestructible y Paco y su equipo con su sagacidad de productor fue quien logró mantenerla a flote.

Sus facetas eran muchas, actor, maestro de actores, productor y gerente, lograba destacarse en todas y demostrar que era necesario “dar un nuevo rumbo a nuestro teatro”. Al celebrarse en el mes de febrero pasado los 40 años de la agrupación, Paco, como su líder natural, afirmaba la necesidad de replantearse nuevos lenguajes sobre la escena y continuar ofreciendo el mejor teatro de arte.

Desde el timón, manejó hábilmente los destinos de Rajatabla por buen camino y los condujo a excelente puerto dando oportunidad a que las generaciones de actores, directores y sobre todo a los nuevos dramaturgos venezolanos, asumieran la responsabilidad que les tocaba vivir y demostraran que sí hay futuro sobre las tablas en Venezuela. Gracias a uno de sus más importantes proyectos: Concurso de dramaturgia venezolana. Convocó y montó sobre el escenario a autores reconocidos y nuevos, para confrontar sus textos, sus montajes y abrió el abanico de posibilidades a la gran camada de actores que comenzaban en las tablas y que mañana serán los que asuman el mando del timón.

Eso no lo podía hacer, sino un hombre con visión de futuro y un artista apasionado por su profesión, a la que no abandonó nunca. Como actor, lo disfrutamos y nos conmovimos con sus interpretaciones en José Amindra de Roberto Azuaje, o en Trastos viejos, de Javier Vidal. También nos cautivó con su personificación de Buñuel en la aplaudida: Buñuel Dalí Lorca, del catalán Alfonso Plou y en más de 80 puestas en escena donde su timidez cotidiana quedaba de lado y se transfiguraba de forma mágica respondiendo al talento que le fue entregado desde su nacimiento en Madrid hacia el año ’50.

Su última función la luchó el martes pasado y como todo artista consiguió traspasar las fronteras del territorio desconocido para trascender entre aplausos y legar como buen maestro su motivo de existencia en este plano: el buen teatro.

¡Paz y aplausos para la eternidad!

L. A. R

Caracas, 31 de julio de 2011.

viernes, 8 de julio de 2011

Mirtha Pérez Brilla en el Ateneo


Muchas veces pensamos que eso llamado el Show business poco tiene que ver con el teatro y que se aleja mucho de los estándares que podemos llamar “teatro de arte”. Esta creencia, se ha agudizado aún más en los últimos años en vista de que la marquesina teatral caraqueña se ha convertido en una suerte de vitrina variopinta donde se exhiben productos que lejos de comprometerse con la esencia del arte teatral, sólo sirven para batir la mandíbula y sumar “numeritos” a la máquina registradora de cualquier productor.

Por Luis Alberto Rosas

Sin embargo, no todo es así, ni se puede generalizar, porque toda generalidad demuestra desconocimiento. El caso que nos ocupa en esta columna es una de esas excepciones que el público y el teatro agradecen. Partiendo de anécdotas personales y que para cualquiera pudieran ser lo suficientemente frustrantes o demasiado duras en la vida de alguien, es que Luis Fernández ha decidido escribir un monólogo a la cantante y actriz Mirtha Pérez, célebre figura de nuestra televisión, que se aventura junto a su escritor y director a develar los secretos de sus relaciones amatorias.

En principio pudiésemos pensar que el argumento pasaría por muy banal, quizás, pero bajo la lupa de este sagaz hombre de teatro, han logrado producir un espectáculo de una hora de duración intitulado: La segundísima, donde lejos de quedarse en las superficialidades del stand up comedy o ventilar una situación íntima, que a pocos puede interesarle, Mirtha Pérez y Luis Fernández, logran armar un sólido espectáculo, que aderezado con algunas de las canciones más famosas de la intérprete, permiten al público degustar un exquisito montaje sin alardes de “espectacularidad” pero realizado con el mayor profesionalismo y el encanto que da la veteranía sobre los escenarios.

Paseándose por sus tres relaciones y algunos cuantos amoríos y contando en detalle cómo conoció, vivió y sufrió por esos hombres, Mirtha Pérez hace reír y reflexionar al espectador, en medio de su encanto como narradora e intérprete. Grácil, sincera, desparpajada, atrapa al espectador como pocas pueden hacerlo. Acompañada de efectos de sonido y voces en off que responden a sus preguntas o dialogan con ella, el espectador se pasea por la fascinante vida de una mujer, que como ella misma afirma “lo que más le gusta del amor es el despecho”.

Pero evidentemente que un espectáculo de una cantante-actriz no sería nada sin aprovechar su talento vocal, y esto lo entendió muy bien Luis Fernández y no se equivocó, al escoger las canciones precisas para hacer que el público ovacione a la intérprete: Maldita seas, Inmenso,La nave del olvido y un cierre magistral con la célebre My way, versionada al español, ponen la guinda al helado y advierten al público que está frente a una profesional de talla mayor y que su perdurable carrera sobre los escenarios no ha sido en vano.

En síntesis, Mirtha Pérez con su monólogo La Segundísima, impacta por su verdad escénica, su simplicidad y su alarde de savoir faire del oficio de artista, que lejos de obviarla, es una recomendación que no se puede pasar por alto en la marquesina teatral caraqueña, sobre todo a las generaciones que han seguido y continúan al lado de esta extraordinaria voz venezolana que invita a degustar un exquisito bocado en el mágico espacio de la Terraza Café del Ateneo de Caracas, todos los sábados del mes de julio.