miércoles, 17 de agosto de 2011

El teatro en Caracas: golpe a golpe verso a verso






El teatro en Caracas, se ha convertido en una suerte de pera de boxeo, pese a la florida marquesina que ostentamos cada fin de semana (con más de 30 piezas en cartelera) y la pululación de espacios no c


onvencionales como bares, restaurantes, y todo lugar donde quepan unas 20 personas, ahí hay cabida para cualquier evento dramático que entretenga al ávido transeúnte necesitado de por lo menos una hora de esparcimiento, mientras hace tiempo para escapar del tráfico o se resguarda de la temible inseguridad que por estos tiempos juega con los caraqueños a la Ruleta Rusa.

Decimos pera de boxeo, porque a pesar de que podría ser una buena noticia la cantidad de espectáculos que se programan por doquier, cada vez hay menos salas convencionales donde los desesperados artistas escénicos encarnen a sus personajes. Otro golpe se asesta al ya maltratado teatro caraqueño y es la salida de la Fundación Proscenio de la regencia de la Sala de Teatro Luisela Díaz, sala que en un período de siete años (tiempo que duró la gestión de la mencionada fundación) fue recuperada, reformada, dotada y puesta a la disponibilidad del público en un ambiente idóneo para tal fin como lo es el Caracas Theater Club en la colina de la urbanización San Román.

Liderados por el actor, director, dramaturgo y gerente teatral José Manuel Ascensao, la Fundación Proscenio regaló a la ciudad uno de los espacios más placenteros, tanto para los espectadores, como para los artistas. Dentro de la Sala Luisela Díaz, los artistas además de sentirnos como en casa, nos sentíamos tratados como tiene que ser, con respeto a nuestro trabajo, con consideraciones y beneficios que ya quisieran muchos disfrutar en cualquier otro espacio teatral y es que no podía ser de otra forma cuando un hombre de teatro como Ascensao conocía y padecía el mundo escénico del cual es protagonista.

Lo cierto del caso es que el pasado domingo 14 de agosto la Sala Luisela Díaz cerró sus puertas al público comercial, por una decisión arbitraria de la Junta Directiva del Caracas Theater Club, quienes exigen más puestos de estacionamiento para sus socios, quitando la posibilidad al público externo de protegerse del hampa al asistir a los espectáculos. Una decisión de esta naturaleza no sólo nos despoja de un espacio ideal para los artistas, sino que deja al público caraqueño una vez más sin otro recinto para la cultura. Y por culpa de un estacionamiento.

La reflexión apunta entonces a preguntarnos si la Junta Directiva de un club que además se denomina “Theater” es decir TEATRO en inglés y además que ha sido uno de los pioneros en la actividad teatral dentro de las comunidades de este tipo, deje no sólo de ofrecer este placer al público en Caracas, sino de percibir las ganancias que por el arriendo de la Sala entraban a sus arcas e incluso impedir a sus propios socios (que disfrutaban de entradas gratis al teatro) poder continuar apreciando las propuestas de los hacedores del arte de Dionisios. Con sincera honestidad no comprendemos la incongruencia de esta decisión que nos corrobora la tesis que no solamente recibimos golpes de los líderes que rigen los destinos de la cultura oficial en el país, sino que también de quien menos nos esperamos nos dan un derechazo. Sería pertinente quizás proponer entonces que el club cambiara de nombre, para ser más coherentes con las decisiones tomadas.

Desde esta columna aboguemos por una salida viable a la situación y exhortamos a la sindéresis a la Junta Directiva del Caracas Theater Club para que toda su comunidad y el público caraqueño puedan continuar disfrutando de un espacio de cultura que se merece. Amén de ratificar nuestro apoyo y solidaridad incondicional a la gestión del gerente José Manuel Ascensao y todo su equipo (que suman más de 300 personas empleadas).

L.A.R

Caracas, 16 de agosto de 2011.

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lunes, 8 de agosto de 2011

El día que la historia de la humanidad cambió


Era una mañana como cualquier otra, una mañana de verano, casi entrando el otoño en la ciudad de Nueva York, la gente en su rutina nunca imaginó cómo sus vidas estaban destinadas a transformarse en un horror.

Aviones secuestrados: atentados terroristas contra el World Trade Center, uno de los centros financieros más significativos de la ciudad. Uno de los íconos más famosos de la arquitectura de la Gran Manzana fue derribado en 50 minutos por dos aviones que penetraron sus entrañas con la furia de un proyectil indetenible e inevitable. Bajo la mirada atónita del mundo entero, el corazón de la ciudad más importante del mundo fue destrozado en mil pedazos y como un castillo de naipes las torres Norte y Sur se desplomaron, arrastrando con ellas a miles de personas inocentes y transformando definitivamente la seguridad del país más poderoso del mundo.

Este año se cumplirá una década de esa mañana nefasta que dejó muerte, guerra y desencajó la vida de la humanidad volviéndola más vulnerable, más aterrorizada y mucho más indefensa ante la furia y el miedo de los que creen son los amos del mundo.

El pasado viernes, el Grupo Teatral REPICO, estrenó su más reciente pieza, de la mano de uno de nuestros más prolijos dramaturgos: Gustavo Ott, quien en una audacia dramatúrgica, crea un texto impactante donde logra sintetizar los 50 minutos más terribles que nos ha tocado presenciar a la humanidad. En un despliegue de inteligencia y poesía, Ott consigue paralizar al espectador con el relato de las Torres Gemelas y asistimos a su agonía, quizás impensable que podamos escuchar la historia de su propia muerte de boca de la Torre Norte y Torre Sur, humanizadas, transformadas en dos mujeres ultrajadas que relatan su agonía minuto a minuto. Sólo una mente tan aguda y comprometida con su entorno puede imaginarse cómo padecieron estas moles de concreto su propia muerte. Sólo un artista de la talla de Gustavo Ott ha podido vislumbrar y ponerse en la posición de estos dos rascacielos y elucubrar desde el punto de vista humano cómo se agotaba su existencia.

Monstruos en el closet, ogros bajo la cama, es el título que decidió el dramaturgo colocar a éste, su más reciente obra, para significar el miedo paralizante que dejó el trágico suceso del 11 de septiembre de 2001 a todos los que lo vivieron y padecieron y a todos los que después de ver ese infierno más nunca pudieron conciliar el sueño y viven presas del pánico.

Bajo la batuta de la directora Consuelo Trum, REPICO logra una propuesta desgarradora sin exacerbaciones, ni dramatismos. Este es un gran acierto de la dirección. Ya que el relato de Ott es demasiado duro y penetrante como para revolcarse en el dolor. Más bien la frialdad y la contundencia con la que Trum maneja a sus actrices y cómo interpretan a los diferentes personajes, hace que el impacto sea mayor. Lenni Márquez y Valeria Castillo, son las arrojadas actrices que asumen la difícil tarea de encarnar a Las Torres Norte y Sur, respectivamente. Además de una cantidad de personajes que fueron protagonistas del suceso, dentro y fuera del Word Trade Center aquella mañana hace ya diez años. Hábilmente el dramaturgo intercala los relatos de los humanos: aeromozas, madres, hijos, padres, esposos, bomberos, rescatistas, etc. Que fallecieron o sobrevivieron al atentado en medio del relato atormentado de las dos torres que no entienden los que les pasan hasta que se ven demolidas a escombros.

Las actrices logran conmover y concretar un desempeño impecable que junto a la concepción estética de la puesta en escena, traslada al público al momento de la tragedia. Jesús Barrios (Escenografía); Joaquín Nandéz (Vestuario); Darío Perdomo (Iluminación) y Claudia Aponte (Música Original) engranan un equipo de estetas que logran impactar de manera eficaz al espectador y comprender la idea extraordinaria de su directora para conformar un espectáculo sólido que todo el mundo debe apreciar para entender de una forma hermosamente terrible, por qué aquel 11 de septiembre nos cambio la historia a todos.

L. A. R.

Caracas, 08 de agosto de 2011.

Comentarios: luisalbertorosas@gmail.com

martes, 2 de agosto de 2011

Paco dio su última función



No esperábamos que fuese tan pronto. La noticia de la enfermedad de Francisco “Paco” Alfaro, nos golpeó fuerte a todos los hombres y mujeres que hacemos el teatro de hoy en día en Venezuela. No era posible, pero como sabíamos el carácter de Paco, quizás, tristes, acotábamos a la noticia que él era un hombre fuerte y saldría airoso de ésta como siempre lo hizo de las situaciones más insólitas a la que se sometió después que tuvo en sus hombros la responsabilidad de conducir a la agrupación más emblemática del Teatro venezolano-Rajatabla- a consecuencia de la también repentina muerte de su amigo y fundador Carlos Giménez en 1993. Dieciocho años pasaron y contra todo pronóstico, Paco se subió al timón y logró enderezar la nave que muchos pensamos iba a naufragar en cualquier momento por la ausencia del padre genio. Sin embargo, no ocurrió y para grata sorpresa de todos los venezolanos Rajatabla sigue allí, incólume e indestructible y Paco y su equipo con su sagacidad de productor fue quien logró mantenerla a flote.

Sus facetas eran muchas, actor, maestro de actores, productor y gerente, lograba destacarse en todas y demostrar que era necesario “dar un nuevo rumbo a nuestro teatro”. Al celebrarse en el mes de febrero pasado los 40 años de la agrupación, Paco, como su líder natural, afirmaba la necesidad de replantearse nuevos lenguajes sobre la escena y continuar ofreciendo el mejor teatro de arte.

Desde el timón, manejó hábilmente los destinos de Rajatabla por buen camino y los condujo a excelente puerto dando oportunidad a que las generaciones de actores, directores y sobre todo a los nuevos dramaturgos venezolanos, asumieran la responsabilidad que les tocaba vivir y demostraran que sí hay futuro sobre las tablas en Venezuela. Gracias a uno de sus más importantes proyectos: Concurso de dramaturgia venezolana. Convocó y montó sobre el escenario a autores reconocidos y nuevos, para confrontar sus textos, sus montajes y abrió el abanico de posibilidades a la gran camada de actores que comenzaban en las tablas y que mañana serán los que asuman el mando del timón.

Eso no lo podía hacer, sino un hombre con visión de futuro y un artista apasionado por su profesión, a la que no abandonó nunca. Como actor, lo disfrutamos y nos conmovimos con sus interpretaciones en José Amindra de Roberto Azuaje, o en Trastos viejos, de Javier Vidal. También nos cautivó con su personificación de Buñuel en la aplaudida: Buñuel Dalí Lorca, del catalán Alfonso Plou y en más de 80 puestas en escena donde su timidez cotidiana quedaba de lado y se transfiguraba de forma mágica respondiendo al talento que le fue entregado desde su nacimiento en Madrid hacia el año ’50.

Su última función la luchó el martes pasado y como todo artista consiguió traspasar las fronteras del territorio desconocido para trascender entre aplausos y legar como buen maestro su motivo de existencia en este plano: el buen teatro.

¡Paz y aplausos para la eternidad!

L. A. R

Caracas, 31 de julio de 2011.

viernes, 8 de julio de 2011

Mirtha Pérez Brilla en el Ateneo


Muchas veces pensamos que eso llamado el Show business poco tiene que ver con el teatro y que se aleja mucho de los estándares que podemos llamar “teatro de arte”. Esta creencia, se ha agudizado aún más en los últimos años en vista de que la marquesina teatral caraqueña se ha convertido en una suerte de vitrina variopinta donde se exhiben productos que lejos de comprometerse con la esencia del arte teatral, sólo sirven para batir la mandíbula y sumar “numeritos” a la máquina registradora de cualquier productor.

Por Luis Alberto Rosas

Sin embargo, no todo es así, ni se puede generalizar, porque toda generalidad demuestra desconocimiento. El caso que nos ocupa en esta columna es una de esas excepciones que el público y el teatro agradecen. Partiendo de anécdotas personales y que para cualquiera pudieran ser lo suficientemente frustrantes o demasiado duras en la vida de alguien, es que Luis Fernández ha decidido escribir un monólogo a la cantante y actriz Mirtha Pérez, célebre figura de nuestra televisión, que se aventura junto a su escritor y director a develar los secretos de sus relaciones amatorias.

En principio pudiésemos pensar que el argumento pasaría por muy banal, quizás, pero bajo la lupa de este sagaz hombre de teatro, han logrado producir un espectáculo de una hora de duración intitulado: La segundísima, donde lejos de quedarse en las superficialidades del stand up comedy o ventilar una situación íntima, que a pocos puede interesarle, Mirtha Pérez y Luis Fernández, logran armar un sólido espectáculo, que aderezado con algunas de las canciones más famosas de la intérprete, permiten al público degustar un exquisito montaje sin alardes de “espectacularidad” pero realizado con el mayor profesionalismo y el encanto que da la veteranía sobre los escenarios.

Paseándose por sus tres relaciones y algunos cuantos amoríos y contando en detalle cómo conoció, vivió y sufrió por esos hombres, Mirtha Pérez hace reír y reflexionar al espectador, en medio de su encanto como narradora e intérprete. Grácil, sincera, desparpajada, atrapa al espectador como pocas pueden hacerlo. Acompañada de efectos de sonido y voces en off que responden a sus preguntas o dialogan con ella, el espectador se pasea por la fascinante vida de una mujer, que como ella misma afirma “lo que más le gusta del amor es el despecho”.

Pero evidentemente que un espectáculo de una cantante-actriz no sería nada sin aprovechar su talento vocal, y esto lo entendió muy bien Luis Fernández y no se equivocó, al escoger las canciones precisas para hacer que el público ovacione a la intérprete: Maldita seas, Inmenso,La nave del olvido y un cierre magistral con la célebre My way, versionada al español, ponen la guinda al helado y advierten al público que está frente a una profesional de talla mayor y que su perdurable carrera sobre los escenarios no ha sido en vano.

En síntesis, Mirtha Pérez con su monólogo La Segundísima, impacta por su verdad escénica, su simplicidad y su alarde de savoir faire del oficio de artista, que lejos de obviarla, es una recomendación que no se puede pasar por alto en la marquesina teatral caraqueña, sobre todo a las generaciones que han seguido y continúan al lado de esta extraordinaria voz venezolana que invita a degustar un exquisito bocado en el mágico espacio de la Terraza Café del Ateneo de Caracas, todos los sábados del mes de julio.

viernes, 27 de mayo de 2011

Lo malo de progresar es el progreso


Desde le pasado 7 de mayo se está presentando en el Foso de la Sala Anna Julia Rojas de la Universidad Nacional Experimental de las Artes (UNEARTE), la pieza original del dramaturgo catalán Esteve Soler, un “juguete dramático” que se va armando ante los ojos del espectador con siete piezas breves que forman el espectáculo.

Dirigidos por Juan José Martín, la quinceañera agrupación Escena de Caracas, hace alarde de su veteranía para entregarnos estas pequeñas historias de la crueldad humana en la que pueden dar rienda suelta a su talento, dejando un ápice de reflexión en el espectador de la mano de los intérpretes: Nadeschda Makagonow, Delbis Cardona, Betsabé Correa y Rafael Gil, todos bajo la producción artística de Karla Fermín.

Contra el progreso, pieza escrita entre 2006 y 2007, ha sido una de las obras dramáticas más exitosas del teatro catalán de los últimos tiempos y una de las más representadas a nivel internacional. Y no dudamos de ello, siendo ésta una anécdota que pone la lupa sobre la idea de que el progreso aunque es una de las invenciones más geniales del ser humano, poco a poco se ha vuelto en contra de sí mismo. Creando seres que se devoran unos a otros en miras de progresar.

En principio podríamos suponer que se trata de un texto con toques “absurdistas”, sin embargo a medida que avanza la acción se comprende claramente la intención del dramaturgo, que a nuestro modo de ver, realiza una profunda revisión crítica acerca de la sociedad moderna: el consumismo, la perversión, el fanatismo, el individualismo, la enajenación de los medios de comunicación, son entre otros los temas que Soler toca en su propuesta dramática. Un mundo que no consigue esperanza mientras no se devore a sí mismo es su conclusión, si es que hay que pensar en una.

La puesta en escena de Martín, resulta adecuada para el diminuto e incómodo espacio donde el grupo escogió su representación. Un depósito escenográfico debajo del escenario de la Sala Anna Julia Rojas donde pueden entrar sólo 40 espectadores. Quizás se conformaron con el espacio asignado pretendiendo hacer hincapié en lo sórdido de la obra, creemos sin embargo que pudo ser mejor aprovechado en función de lo anterior.

Las actuaciones resultaron naturalistas, en contraste con lo planteado en la puesta en escena, a pesar del apoyo escenográfico realizado por Héctor Becerra que podría suponer un riesgo mayor en cuanto a planteo escénico e interpretación cónsona con lo que se dice en el texto. Nos referimos a las acciones realistas frente a un espacio que no lo es, acompañados de un texto que busca la trasgresión per se.

Aunque siempre es bueno volver sobre los temas que atormentan al ser humano en su existencia sobre la tierra, creemos que el discurso no sorprende y tal vez pueda agotarse. Hablamos de la vuelta la crítica contra el progreso y sus consecuencias nefastas sobre la humanidad y la “verdadera esencia humana” quizás ya un lugar común que no sorprende en los tiempos que corren.

En síntesis podemos apreciar un espectáculo profesional, cuidado en su producción y que nos gustaría disfrutar en otro espacio escénico en donde el público pueda realmente sentirse incómodo por lo propuesto escénicamente y no obligado a estarlo por las características del dispositivo escénico.

L. A. R

jueves, 5 de mayo de 2011

Blanche baila reggaeton





El pasado mes de abril se estrenó en Caracas, en el Espacio Plural del Trasnocho Cultural, el clásico contemporáneo del Teatro Estadounidense: Un tranvía llamado deseo, bajo la producción del grupo Teatro del Contrajuego, junto a Hebu Teatro y la dirección del veterano Orlando Arocha, protagonizada por Diana Volpe, Ricardo Nortier y Rossana Hernández, a propósito del centenario de su autor: Tennessee Williams. Pieza que auspiciada por la embajada norteamericana en Caracas, forma parte de una programación amplia que presentará varias obras teatrales, cines foros y cuentos dramatizados del escritor.

Enfrentarse a un clásico teatral no es tarea fácil, más aún cuando ese clásico no sólo ha logrado quedar en la memoria colectiva de las personas que conocen al autor o de los cinéfilos por el recordado film de 1951, dirigido por Elia Kazan y protagonizado por Vivien Leigh y Marlon Brando, en una de sus más célebres caracterizaciones encarnando a Stanley Kowalski.

Hoy Orlando Arocha, uno de nuestros directores teatrales más reconocidos, se enfrenta al clásico y lo re-interpreta haciendo una lectura escénica “latina”; trasladando el drama de Blanche Dubois a un barrio latinoamericano y lo saca de su contexto original del Sur de los Estados Unidos. Los más conservadores podrán pensar que es una aberración, en tanto se trata de un clásico de la dramaturgia que con su teatro cambió los paradigmas de la escena y fundó el teatro psicológico, dando un vuelco total al teatro norteamericano de la segunda mitad del siglo XX. Los menos conservadores, podrán acercarse a esta versión encontrándola arriesgada y trasgresora del autor.

Pensamos que ciertamente Arocha recurre a elementos que puedan acercar al público caraqueño común a la anécdota que plantea Williams más aún en los tiempos que corremos donde la anarquía y lo marginal se impone en una sociedad donde cada individuo dicta sus propias reglas y donde el respeto por el otro es historia. Blanche llega al barrio a intentar vivir como una burguesa del pasado y no ha entendido que las cosas se transforman, pero las máscaras se caen y esa burguesía ya no importa, enloquece y se disloca chocando con la realidad de un “gueto” que impone sus costumbres y formas desenfadas de vida y del cual debe salir. También podríamos preguntarnos: ¿qué puede decirnos el mundo de New Orleans de los años ’50 a los caraqueños de 2011? Quizás mucho en el sentido que las formas importan poco cuando el contenido es contundente, como ciertamente lo es el mundo dibujado por Tennessee Willians en su Tranvía llamado deseo. Pero por otro lado pensamos: ¿Por qué no romper la línea clásica y re-pensar lo conocido para replantear el discurso? Lo que sí estamos seguros es que en cualquier caso cuando se hacen adaptaciones de este tipo peligra la conexión con el espectador al intentar forzar una estructura tan sólida en otro molde por querer ser contemporáneos o esnobistas, este no es el caso.

Sentimos que la adaptación de Orlando Arocha logra su cometido en algunas partes, pudiendo en otras replantear y ajustar detalles, por ejemplo creemos que llamar a los personajes por sus nombres originales y no localizarlos, produce un choque que nada tienen que ver con el entorno donde se desenvuelven, quizá un detalle menor pero que a nuestro parecer puede limpiar la propuesta, si ya se fue en contra de lo pedido por el autor pues trasgredir ese detalle quizás pudiese resultar en una mayor empatía con el público, al igual que las referencias a lugares, si es latino pues que sea latino.

Creemos también que jugó en contra de la buena idea de la dirección las dimensiones de la sala asignada para el montaje, en tanto el aparataje escenográfico, bien pensado, pero no resuelto, obliga a los actores a trabajar doble en un dispositivo escénico que va en su contra en vez de apoyarlos como creemos debería ser, sólo algunos ajustes y quizás un escenario más amplio podría solventar lo imbricado de la escena y realizar la esperada comunión armónica entre espacio y actores.


En cuanto a las actuaciones creemos es el gran hallazgo de esta lectura de Un tranvía llamado deseo; el elenco en su totalidad luce bien orquestado y dirigido. Encabezados por Diana Volpe, en Blanche Dubois muestra los vaivenes de la locura de manera sutil, bien elaborada hilando como veterana que conoce la técnica del actor, sí pensamos que el vestuario y principalmente el calzado van en su contra y esto resta posibilidades a la actriz, más aun en medio de la complicada planta de movimientos dentro de esa disposición escenográfica. Por su parte Ricardo Nortier da muestras de su talento innegable y se ve a un actor trabajando duro por conseguir su rol, y lo consigue, ofrece un detestable Kowalski inmigrante brasilero que potencia su calidad como intérprete. En el caso de Rossana Hernández sorprende su madurez escénica, creemos que con esta interpretación de Stella, logra pequeños detalles que inmediatamente conectan al espectador con el drama y lo conmueve entregándonos un carácter sublime que otorga a esta actriz un importante estatus dentro de las intérpretes nacionales.

El resto del elenco conformado por: Simona Chirinos, Javier Figuera, Dallas Aguiar, Djamil Jassir, Paul Gámez, Jesús Cova y Pablo Andrade, permiten al espectador entrar adecuadamente en el sórdido mundo de un barrio latinoamericano, destacando el trabajo que siempre reconocemos de la actriz y cantante Simona Chirinos y tenemos que hacer notar que del elenco de soporte, el actor Djamil Jassir llega a conmover con su cuidad interpretación en el papel de Mitch.


En síntesis aplaudimos el riesgo del Contrajuego y Hebu teatro de trabajar sin descanso por la puesta en escena de los clásicos contemporáneos, ya lo hicieron con La casa de Bernarda Alba, en ocasión anterior y con varios textos que se pudieran considerar impensables en el panorama teatral caraqueño apegado al teatro comercial, lo que nos hace respaldar su labor, sí creemos en las propuestas arriesgadas y aunque pensemos que estamos muy lejos del mundo del Sur de los Estados Unidos de los cincuenta, no olvidemos que el lenguaje universal del teatro posibilita que escuchemos un reggaeton aunque preguntemos por Los Campos Elíseos y recordemos a Belle Reve.

L.A.R
Caracas 05 de mayo de 2011.

lunes, 25 de abril de 2011

Resucita el teatro de arte: "Un informe sobre la banalidad del amor" y "Acto cultural"

No se puede negar que este año arrancó con buen pie en materia teatral y el segundo trimestre del año no se queda atrás, las propuestas que se estrenaron desde marzo de 2011 y hasta el momento, reflejan el resurgimiento del teatro de arte en las salas caraqueñas, un buen síntoma que permite afirmar que poco a poco retomamos los rumbos de un teatro preocupado más por su contenido que por su forma y nos alejamos de la risa fácil a mandíbula batiente.

De filosofía y amores prohibidos


La Asociación Cultural Humbolt, auspició y produjo un particular espectáculo que batió records de taquilla bajo la batuta del primer actor Luigi Sciamanna como protagonista y director, junto a la joven actriz Mariaca Semprum, quienes se encargaron de fascinar al público caraqueño con su lectura escénica del texto escrito por el argentino Mario Diament intitulado: Un informe sobre la banalidad del amor. Este montaje, toca las fibras más sensibles del espectador, al contar la historia de amor que vivieron los filósofos Martin Heidegger y su alumna Hannah Arendt; enmarcados en la nefasta época en que Alemania entraba en el Nazismo de Hitler. Ella Judía, él Pro Nazi y lo demás es historia, podemos imaginar cómo por décadas estos dos titanes del pensamiento filosófico moderno pudieron sortear los obstáculos de una amor imposible.

Lo más impactante de este espectáculo es ver cómo en el escenario se conjugan una dramaturgia inteligente, junto a un director excepcional, coronado por dos actores que más que representar viven su drama y es lo que definitivamente hace que el espectador se lance a la ovación como pocas veces hemos disfrutado en nuestro teatro. Un informe sobre la banalidad del amor, en su versión caraqueña es una de esas joyas de nuestro teatro que debemos observar y prestarle atención no sólo por la excelencia de su equipo de artistas, sino por su contenido y temática que justifican plenamente su puesta en escena en esta Caracas en tiempo de “revolución”.

El Acto cultural de Cabrujas aun sigue vivo.

No es de gratis que el Grupo Actoral 80 después de más de 30 años sobre las tablas continúe siendo una de las agrupaciones más importantes del país y su actual director, Héctor Manrique, uno de los más respetados puestistas de la actualidad, y es que el grupo que supo formar el maestro argentino Juan Carlos Gené, ha apostado siempre a producir el teatro adecuado para el tiempo que vive. Hoy convulsionan a Caracas con una nueva lectura del texto de nuestro dramaturgo más importante: José Ignacio Cabrujas y su apología sobre ser venezolano con Acto Cultural, pieza fechada en 1976 y que se ha transformado ya en un clásico del Teatro Venezolano.

La celebración del cincuentenario de la Sociedad Luis Pasteur de San Rafael de Ejido, a mediados de los años 20 del siglo pasado, es la anécdota discursiva donde Cabrujas centra a sus personajes, la conmemoración se llevará acabo con la representación del drama histórico: Colón Cristóbal, el genovés alucinado, escrito por el presidente de dicha Sociedad, Amadeo Mier. En medio de la representación se van cruzando y descubriendo las precarias vidas de estos seis personajes, sus miedos, carencias, frustraciones y el intento de una vida mejor pero la imposibilidad de alcanzarla.

Nunca hubo un mejor momento para enfrentar al público venezolano de 2011 con la triste y patética realidad de los habitantes de San Rafael de Ejido, quienes intentan representar algo que no son, y la falsedad, la máscara se cae, para definitivamente asumir que la realidad es tan contundente y patética que es insuperable.

Samantha Castillo, Juvel Vielma, Melisa Wolf, Angélica Arteaga, Daniel Rodríguez y Juan Vicente Pérez, son los encargados de fascinar al espectador con esa realidad escénica que trasciende a las tablas y nos refleja de forma irrevocable. Extraordinario acierto del visionario Manrique y su equipo a quien supo conducir para entregarnos un espectáculo pleno de categóricas actuaciones que conmueven.

En síntesis dos espectáculos que no se pueden dejar pasar por alto y a los que por su contenido y alta factura de dirección, producción, actuaciones y estética, dan un gran empuje a nuestro golpeado teatro que se resiste desde su trinchera, el escenario, contando por fin lo que nos pasa.

L.A.R

Caracas, 25 de abril de 2011.