martes, 30 de diciembre de 2008

El Drama de Carlos María en San Marcos de Venecia




No cabe duda que nacer con condiciones especiales representa una situación particular para cualquier núcleo familiar que pase por esa situación, más aún si no se cuentan con los recursos para sobrellevar una persona con dificultades de aprendizaje o con atraso mental. En nuestro país el tema ha sido objeto de múltiples disertaciones en distintos medios de comunicación, se discute y argumenta acerca de las mejores formas de tratar de superar lo que conlleva tener un miembro en el hogar que posea condiciones especiales. Esta vez, la agrupación Teatro Arena trae una nueva propuesta acerca del tema que invita a reflexionar entre las risas y las lágrimas. Desde el pasado 20 de noviembre y hasta el 21 de diciembre se estuvo representando, en la Sala Horacio Peterson del Ateneo de Caracas, la sentida pieza dramática: San Marcos de Venecia, escrita y dirigida por Julio César Alfonzo y protagonizada por William Cuao y el propio Alfonzo, quien ya ha dado muestras de acertividad en las tablas como dramaturgo con sus textos: Menguada o El instante entre otros conocidos, que permiten respaldar los más de 20 años de trayectoria teatral que este hombre de teatro y artista plástico ha desarrollado. San Marcos de Venecia, nos narra la historia de dos amigos, discapacitados, habitantes de un pueblo olvidado llamado La Pastora de Torure, en donde existe una única plaza olvidada y que es el lugar de encuentro de los protagonistas; todos los días ocurre el encuentro de los dos amigos después de ir a la escuela, un ritual para mitigar la soledad y para contarse las vicisitudes del día, así como para dejar un espacio para la fe, en tanto Benedicto (Julio césar Alfonzo) ha sido encomendado por su abuela, antes de morir, a recibir las cartas de peticiones de milagros al Santo Niño Jesús, depositadas en su cajita de cristal. Pero el conflicto debe surgir, y en este caso Alfonzo, como dramaturgo, da un giro dramático inesperado al relato lo que convierte la pieza en una dolorosa reflexión acerca de la tolerancia entre las personas, tema hoy en día tan discutido en la sociedad venezolana actual, no sólo la intolerancia, sino, la violencia, el desprecio, el sometimiento de los “más aptos” sobre los débiles. Carlos María es burlado, amenazado y agredido constantemente por su condición especial por sus compañeros de clases, la crueldad infantil se pone de manifiesto. Su amigo Benedicto es su defensor, hasta que un día el juego se trasforma en tragedia y los golpes y pedradas propinados a Carlos María, recaen en Benedicto quien se ha puesto de escudo para salvarlo sacrificando su vida por la de su amigo. El giro de la historia hace entender al espectador que el hilo dramático se sostiene en los diálogos ficticios de Carlos María con su amigo fallecido, un aliciente de nuevo para no estar sólo, un clamor para protegerse, una petición a ese Niño Jesús Bendito para que todo vuelva a ser como antes. Un hermoso y terrible canto a la amistad, a la solidaridad resulta esta exquisita puesta en escena, remozada por la intensidad dramática de la música escogida por la dirección y por el acertado trabajo de iluminación del veterano Manuel Pappaterra, quien remarca hábilmente las atmósferas que van conduciendo a la fatalidad de la historia, en medio de contraluces y penumbras que invitan a la reflexión y la intimidad. Los histriones por su parte, demuestran un trabajo hilado finamente, con la complejidad corporal que el caso requiere cuando se representan personajes de este tipo. Verdad, organicidad y sencillez, ofrecen al espectador una lección del oficio del actor en plena conjunción con su talento. No hay nada de más, no falta nada y no es fácil tarea, en el caso de Alfonzo, quien asume la dirección e interpretación de uno de los personajes, es aquí donde demuestra la sapiencia del oficio respaldado por su patner William Cuao, uno de los actores más importantes del Teatro Venezolano actual. En síntesis, esta nueva temporada de San Marcos de Venecia (estrenada ya en 2005 en el marco del Festival Internacional de Teatro de Oriente) permite disfrutar de un acertado producto artístico sin detenerse en despliegues de producción, que no resta para nada en calidad de espectáculo, pero con auténtico profesionalismo y demostración de excelencia a la hora de llevar un resultado artístico de alta factura fácilmente exportable como representación del teatro profesional de arte que se realiza en nuestro país. San Marcos de Venecia, es un espaldarazo a nuestro arte teatral y que da muestras de la intensa actividad de los teatreros profesionales que se juntan para crear determinantes puestas en escena. Para la marquesina teatral caraqueña, creemos, ésta ha sido una extraordinaria forma de cerrar el año 2008 con broche de oro.


L. A. R.

Caracas, 30 de Diciembre de 2008

domingo, 14 de diciembre de 2008

La Nona devoró el Trasnocho por tres meses



Septiembre fue el inicio y noviembre el cierre de la primera temporada del más reciente montaje del grupo teatral REPICO, quienes apostaron por un autor argentino, Roberto Cossa, para hablar de un sistema que se come a pedazos a un país, sublimado magistralmente por el dramaturgo en su célebre pieza: La Nona ; esta vez bajo la lectura escénica de Consuelo Trum, respaldada por un veterano elenco de histriones encabezado por los primeros actores: Héctor Campobello y Orlando Rodríguez, acompañados del talentoso William Goite, Claudia Nieto, Adolfo Nittoli, Valeria Castillo y con la participación especial de Francis Romero.

Estar frente a esta versión de La Nona , supone una experiencia de múltiples sorpresas, todas gratas. En principio hay un deleite en el dispositivo escénico que ambienta algunos espacios de la casa de una familia de ascendencia italiana, magistralmente creado por el artista Oscar Salomón, quien con fino ojo construye una estética muy cuidada en detalles con el mobiliario y la utilería que recrean la historia. Luego, la disposición espacial creada por la directora (bi-frontalidad) obliga al público a “abusar” de su condición intrínseca de “voyeur”, estamos dentro de este comedor “husmeando” la patética vida de un hogar que es devorado poco a poco por la terrible voracidad de su miembro más anciano, que se sienta en su trono controlando todo movimiento que le indique alguna posibilidad de ponerse en marcha para arrancar a comer.

Por otro lado está la conjunción de un elenco muy bien amalgamado y con comprobado desempeño exitoso en las tablas venezolanas, sus interpretaciones desconectan por un momento al espectador de la vorágine realidad de la ciudad capital, y lo sumerge por una hora y veinte minutos, en una sarcástica comedia negra que logró, en su momento de estreno (1977), retratar a la sociedad argentina víctima de la dictadura y de un sistema que literalmente se los “tragó”. Sin embargo debemos acotar, que el mensaje político en esta lectura se deja de lado, está intrínseco en el texto, soterrado, omnipresente, aunque la directora Trum, no se sostiene de él, prefiere optar por la tragicomedia de humor negro y recalcitrante que obliga al espectador a obviarlo; sentimos se pudo sacar más punta a la ocasión, más cuando nuestra realidad política, económica y social nos lacera tanto. La dirección prefirió exprimir la hilaridad retorcida de la pieza, hasta llevarla a la tragedia en que termina con la eliminación de cada miembro de esta familia condenada por el dominio de una “tierna viejecilla”, una lectura válida totalmente y que da un coherente resultado.

La pieza se sostiene, además de lo comentado, por la solvente interpretación de William Goite como el sostén de la familia en el personaje de Carmelo, en constante lucha con su antagonista: su hermano parásito, Chicho, interpretado con aguda convicción por el joven Adolfo Nittoli, quien se revela como un interesante talento en su desarrollo artístico hasta el momento. Sorprende gratamente la solidez del elenco femenino, encabezado por Claudia Nieto en el personaje de María, quien da muestra de su evolución en búsqueda de transformarse en una madura actriz de histrionismo comprobado, acompañada de la fresca Valeria Castillo que, aunque el texto no le permite dar rienda suelta a sus cualidades de intérprete, logra solucionarlo con un encantador personaje de Marta, mostrando lo superficial y destructivo de la vida fácil. Finalmente cierra el cuadro femenino la versátil Francis Romero, que construye una imponente caracterización como la Tía Ángela, confirmando una vez más la inequívoca escogencia de la actuación como profesión de esta intérprete.

Coronan el cuadro actoral, los veteranos Orlando Rodríguez, en el papel de Don Francisco, aparente “tabla de salvación” de la familia, que termina convirtiéndose en otra carga más, junto al primer actor Héctor Campobello, reconocido hombre de las artes escénicas venezolanas, que con su Nona, logra producir una dualidad descabellada entre ternura y rechazo por todas las acciones que en ese papel se encarnan.

Este montaje de REPICO, no hace pensar más que nuestro teatro puede ofrecer un producto de alta calidad con textos inteligentes, resoluciones escénicas creativas y profesionales, cuando se conjugan estos factores, más los estéticos y artísticos en pro de un objetivo, no se puede obtener otro resultado que un producto sólido que fascina al espectador que acude a verlo.


L. A. R.

lunes, 27 de octubre de 2008

La utopía de la Monogamia



Desde el 20 de junio de 2008, se está presentando con un rotundo éxito la comedia contemporánea Monogamia, original del dramaturgo chileno Marco Antonio de la Parra (*), gracias a los denodados esfuerzos de producción de la reconocida Jorgita Rodríguez y su agrupación Talento Femenino, protagonizada por un elenco de lujo en el que los primeros actores, Javier Vidal y Antonio Delli, dan muestra de la destreza en su oficio.
La puesta en escena de esta reflexión en tono de comedia, la realiza el mismo Vidal, quien la despoja de toda espectacularidad, para convertir al espectador en un voyeur de un exclusivo club, donde dos hermanos se encuentran para descifrar los intríngulis de quizá “una de las últimas utopías del ser humano” -como su autor lo señala-: la monogamia.
Felipe (Antonio Delli) cita a su hermano mayor Juan (Javier Vidal), para plantearle un problema personal, envuelto en una retórica acerca de las típicas andanzas de juventud entre hermanos, aparentes rencores y competencias, afloran para develar a posteriori que todo tiene su justificación en la desesperación de Felipe por querer ser monógamo por siempre y su imposibilidad de lograrlo.
El juego de los opuestos, del enfrentamiento, fluye de manera muy inteligente de la pluma de De la Parra , conduciendo al espectador, como buen dramaturgo-psiquiatra, en las profundidades de la mente humana y su eterna búsqueda a la justificación de su comportamiento. Razón versus pasión, monogamia versus infidelidad, qué tanto están cerca estos conceptos, qué tanto son opuestos, qué tanto podemos ser fieles. Todas estas interrogantes se debaten entre risas y dramas, permitiendo disfrutar de un espectáculo de altura que no sólo hace sentir identificado a todo espectador, sino que penetra profundo en la reflexión individual e intenta desentrañar uno de los valores más ansiados por el hombre o la mujer…la monogamia, valor que encierra en sí una cantidad innumerable de implicaciones, que, a fin de cuentas tienen que ver con la honestidad, el compromiso, la verdad, la mentira, la pasión desbordada o la necesidad de salir de una rutina aplastante para dejarse llevar por las aventuras que presenta la vida.
Vidal y Delli, como veteranos que son, juegan, disfrutan, construyen, destruyen, flaquean, urden, son incisivos y recalcitrantes, irónicos y conmovedores, desarrollando el vínculo fraterno de manera eficaz, creíble que nos permite conectarnos inmediatamente con el tema. Difícil es tratar este tema sin que pudiese sonar a superficialidad o extrema cotidianidad, sin embargo, el dramaturgo permite al director, despojarla de toda teatralidad para acercarnos más, para que el público sienta más de cerca un conflicto del que pocos están exentos. Disfrutamos de ver un Vidal maduro en su oficio, permitiéndose un personaje desenfadado, casi un niño que goza de atormentar a su patner para sacarle la verdad, un irreverente artista es Juan, aparentemente el más experimentado frente a su hermano, pero que revela las costuras y por momentos le tiembla el pulso al asumir también sus errores. Por su parte, Antonio Delli, construye un carácter muy sólido que logra transmitir la desesperación de un hombre envuelto en el ojo del huracán y la lucha entre lo que siente y el “deber ser” de su conducta.
Todo lo anterior, se corona de manera feliz con la cuidada producción de Jorgita Rodríguez, quien posibilita junto a su equipo el broche de oro de un trabajo hilado fino. Un contundente texto con soberbias interpretaciones y una aguda dirección, hacen de esta versión venezolana de Monogamia, un plato que da placer degustar y que confirma una vez más que se puede hacer un trabajo teatral de muy alto nivel, conjugando eficazmente todos los elementos que implica una puesta en escena y además de ello hacer que el público lo apoye, como ha sucedido sin lugar a dudas con esta lectura del texto de Marco Antonio de la Parra , hoy por hoy uno de los maestros de la dramaturgia latinoamericana.

L. A. R.
Caracas, 27 de octubre de 2008.

jueves, 28 de agosto de 2008

La Dama del Teatro Colombiano se despidió para siempre




Argentina la vio nacer, Colombia la vio convertirse en una de las mujeres más importantes del Teatro Latinoamericano. Emigró a los veinticinco años persiguiendo al amor de su vida de aquel entonces y encontró el cobijo y la magia del teatro de la mano del maestro Enrique Buenaventura y su mítico TEC, en la ciudad de Cali. Actriz, dramaturga, directora y gerente, Fanny Mikey, poco a poco se ha convertido en la referencia necesaria cuando hablar de Teatro Colombiano se trata y es que en su cabeza inquieta de cabellos encendidos, constantemente se prendían las ideas, fue así como amasó y concretó uno de sus más grandes y trascendentes legados: el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, sueño cumplido por once años y que hoy por hoy es una de las Bienales culturales más resaltantes en nuestro continente y en el mundo entero.
La madrugada del pasado Sábado 16 de agosto, la “Reina del teatro”, como solían llamarle, decidió partir a otros derroteros y juntarse, seguramente, con sus amigos y familiares escogidos de las tablas que ya estaban en la inmortalidad, para desde allá poder seguir concretando sueños. Hoy desde En Primera Fila queremos rendir un justo homenaje a esta gran mujer, entregándoles a nuestros lectores una entrevista que nos concedió la última vez que los caraqueños pudimos aplaudirla sobre las tablas de la Sala “José Felix Ribas” del Complejo Cultural “Teresa Carreño” con su monólogo A Fanny lo que es de Fanny, en el marco del I Festival Internacional de Monólogos que se organizara en nuestro país en el año 2005. He aquí sus palabras, su vitalidad y sus pensamientos que compartimos en un desayuno en las instalaciones de un conocido hotel capitalino donde se alojaba, nos sentimos afortunados de poderles brindar el pensar de una mujer inmortal para el Teatro en Latinoamérica.

Un nombre de historieta
“Mucha gente me pregunta que por qué he escogido un nombre de historieta y yo les digo que no, que cómo se les ocurre que una actriz seria como yo vaya a escoger un nombre de historieta para mí. Cuando mi papá llegó de Europa, el tipo de la inmigración entendió mal y en vez de poner Mikea que era el apellido original, pues se equivocó y puso Mikey y por eso yo digo que yo soy anterior al Ratón Mickey, y no me lo han reconocido” El sentido del humor de Fanny Mikey es arrollador, es impactante poder estar conversando con una mujer que irradia vitalidad y constantemente ríe, aunque al hablar de sus comienzos y todos los obstáculos que tuvo que saltar para poder dedicarse al arte teatral se le llene la mirada de nostalgia y cuente: “Nací en Argentina. Cuando tenía casi dieciséis años, acompañé a una amiga a un ensayo de teatro donde su novio era el director, yo estaba sentada y él me dijo: ‘suba a escena y me hace esta improvisación’ yo intenté decirle que no, pero él insistió y me explicó: ‘usted tiene que entrar a pedir trabajo a un señor, su mamá está enferma y sus hermanos se están muriendo de hambre’ Yo me olvidé de todo, agarré, me tiré al piso, lloré e hice mi improvisación y al terminar me dice: ‘usted se queda a trabajar con nosotros’, así empecé. Yo nunca pensé en ser actriz, estaba en primer año de Abogacía y jamás me pasaba por la cabeza hacer teatro. Empecé con él y con una gran profesora que teníamos en la Argentina que se llamaba Eddy Kirilan [sic]. Trabajé mucho con ellos durante varios años y también tuve que irme de mi casa, obviamente, porque mi papá no quería que fuera actriz, pero después me enamoré perdidamente y el tipo me exigía que dejara el teatro: ‘el teatro o el amor’, y yo decidí dejar el teatro por el amor, muy estúpidamente, porque eso no es cierto: cuando uno tiene la vocación no puede dejarla por otra cosa. Pues me casé con y me puse a trabajar y hasta llegué a ser gerente de una empresa, pero tampoco me dejaba hacer teatro ‘piénsalo un año’ me dijo y pues al año me di cuenta que no, que yo amaba el teatro y me tuve que separar de él, desde entonces mi vida es el teatro”.

Del Sur al Norte
Apasionada, enamorada, intensa, Fanny descubre en el teatro su forma de vida y su entrega fue total, comienza a hacer teatro independiente y se enfila en el elenco del OLAT (Organización Latinoamericana de Teatro) y es ahí cuando aparece la posibilidad de viajar hasta Colombia: “En ese momento estaba Jorge Label de director mío, ese gran director que después se fue a Francia y al él irse, yo decidí. Le escribí a un antiguo novio que se encontraba en Colombia y me ‘engatuzó’ tanto que me dije: bueno me voy a Colombia por unos meses. Me quedé para siempre. Aunque luego me separé del amor, me quedé en Colombia porque sentí que Colombia era mi país, mi vida. Me atrajo su gente, el trópico. En Cali junto a Enrique Buenaventura, mis primeros años en ese país los pasé en el TEC (Teatro de Cali) con el que era mi compañero, Pedro Martínez y Enrique Buenaventura. Luego regresé una temporada a la Argentina y me mudé definitivamente a Bogotá. Desde el año sesenta estoy en Bogotá, mi hijo es colombiano, mis amigos son colombianos, los amores que he tenido son colombianos, yo represento a Colombia internacionalmente, y la verdad soy muy feliz de vivir en Colombia.”

La Gata Caliente
Cuando llega a Bogotá, trabaja durante ocho años en el TPB (Teatro popular de Bogotá) con Jorge Alí Triana, allí hizo papeles de Ionesco, Miller y se dio cuenta que no sólo actuaba sino que se dedicaba a todo, así fue a Buenos Aires de nuevo, se encontró entonces con los Cafés Concerts de Nacha Guevara: “decidí que iba a hacer lo mismo en Bogotá. Fue maravilloso, el impacto, fui como la niña mimada de Colombia, no necesitaba grandes despliegues escenográficos, en cualquier parte lo hacíamos, se llamaba La gata caliente, cree un público, una corriente, pero ese no era mi fuerte, hasta que en Bogotá, encontré un lugar, una bodega y empecé a buscar dinero por todas partes. Así fundé el primer teatro mío, el Teatro Nacional de la Carrera 71 (Teatro de la Castellana ) y posteriormente, mi niña mimada que es la Casa del Teatro Nacional, también en Bogotá, donde tenemos talleres, enseñamos a gente de distintas edades, presentamos obras.
Con una descripción tan maravillosa de logros y experiencias fascinantes, Fanny va encantando con su discurso y le brillan sus ojos cuando hablar de su trabajo se trata, sus puestas en escena, sus personajes, sus amigos, sus amantes, por eso nos saltó la interrogante ¿Es que Fanny Mikey lo ha probado todo en el teatro? A lo que salta inmediatamente para replicar: “¿Cómo se te ocurre? Lo hermoso de la vida es que no lo probamos todo, que siempre hay más para probar, y aparte que soy una mujer de muchos años, pero que digo que no tengo años porque aun tengo muchos proyectos por hacer y que ese es el sabor de mi vida. No me siento una actriz consagrada.

Fanny la mujer
“Entre la actriz y la mujer creo que hay una gran camaradería” -dice- “la actriz ayuda a Fanny Mikey y Fanny Mikey ayuda a la actriz, porque creo que cada ser humano que está en el mundo de la actuación, aunque diga lo contrario, algo de su vida entrega a su papel, por eso nunca veremos dos Hamlet iguales o dos Medea iguales, es parte del espíritu de uno. Yo sí sé que soy una mujer linda y rica emocionalmente porque muchos papeles me han ayudado a vivir. La verdad que mi vida ha sido muy dura, cuando cualquier niña me dice ‘quiero ser como tú’ yo le respondo: ‘no creo que estés en capacidad de pasar por tanto como yo’, pero todo valió la pena, quizá hubiese querido tener más tiempo para el placer, por estar entregada demasiado a la batalla del teatro, pero no me arrepiento en absoluto.”

El actor y la técnica
“He notado una cosa en mi vida de actriz, cuando hago una primera lectura, en esa lectura hay momentos que me emociono, que me muero hasta las lágrimas y cuando eso ocurre, me doy cuenta que esa parte la tengo que fijar así, pero obviamente después viene el trabajo de análisis y trabajo corporal y sensorial y el retrato que te da el director. Yo soy una actriz sensorial. Porque hay muchos actores, que son grandes actores que pueden elaborar rápidamente un personaje, yo no, yo entrego mis vísceras al personaje, por eso me canso tanto al terminar cada noche. Siento muchas veces que el personaje me domina. He estudiado mucho, tengo muchos años, pero la pasión es una cosa nueva en cada personaje, la técnica es todo lo que uno ha aprendido y que la utilizas directamente con ellos. Uno va adquiriendo la técnica y ella se va incorporando y después se hace de forma natural, forma parte de la vida del actor. A los más jóvenes hay que decirles que no existe la inmediatez, hay que saber que están iniciando una vocación muy dura, que tienen que tener una conciencia bien férrea a lo cual se enfrentan y que no esperen resultados inmediatos.

Su gran obra El Iberoamericano de Teatro de Bogotá
El Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, surge a partir que Fanny participa en el Festival Cervantino (México) y entiende lo importante que era un encuentro de este tipo para el teatro en Colombia, junto a Ramiro Osorio, que era el director del Festival Cervantino, armaron el primer encuentro. A partir de ahí no se ha detenido en la entrega bi-anual, una cita que arribó el pasado mes de marzo de 2008 a su XI entrega y que paraliza al país en cada Edición: “Es un pedazo de evento teatral de grandes magnitudes y de alta repercusión. Hay gente que le gusta y otra que le disgusta, porque no creas que todo el mundo al comienzo es feliz cuando ve el triunfo del otro, al principio había mucha polémica, posiciones encontradas, sin embargo, ha situado una expresión artística en un país que no la tenía y ha sentado el precedente de considerar a las artes escénicas como una expresión de paz, de vida, de confrontación, encuentro y fortalecimiento de la identidad”.
Esa era Fanny Mikey, la mujer, la actriz, la directora, la gerente, la luchadora, la artista. Los que pudimos estar minutos cerca de ella y disfrutarla sobre la escena tuvimos la certeza que estábamos ante una presencia que hechizaba con su desfachatez e ímpetu por entregar todo en el escenario y fuera de él.
La mujer de cabello encendido no está más, queda su legado, sus enseñanzas, sus personajes en el recuerdo, su particular voz ronca negada a dejar su acento natal y mezclándolo con el acento de la patria adquirida por amor y a la que le entregó toda la pasión de su vida. Sí hay una cosa que reconocer entre tantas que construyó, es lograr aglutinar a su alrededor la mística y el motor incansable de una personalidad avasallante, para conseguir lo que se propusiera en el terreno que fuese. Donde quiera que esté paz a sus restos y eternos aplausos, que es como se despide a los grandes de la escena.

L. A. R.
Caracas, 28 de agosto de 2008

lunes, 18 de agosto de 2008

La dupla Palamides - Palencia, sigue haciendo de las suyas


Entre los meses de junio y julio se estuvo presentado en la Sala Teatro San Martín de Caracas, la versión venezolana, escrita por Elio Palencia, de la pieza original del uruguayo Florencio Sánchez, Barranca abajo, una coproducción de la Compañía Nacional de Teatro y El Grupo Teatro de Repertorio Latino Americano (TEATRELA) a la par que en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, se mostraba Penitentes, original del exitoso dramaturgo venezolano y que durante este mes de agosto vuelve en segunda temporada luego de perturbar al público caraqueño con su peculiar temática.
Una vuelta al teatro realista

Barranca abajo, representa para Latinoamérica, uno de esos textos clásicos de nuestra dramaturgia, que se toman como referencia obligada cuando hay que hablar de teatro en este lado del mundo. Su autor, Florencio Sánchez, la concibió en 1905, hoy después de ciento tres años de escrita, aún impacta por su gran contenido social. Y no puede ser de otra forma, cuando estamos frente a un clásico, por eso los llamamos de esa manera, siempre están vigentes.

Escuchar el texto (remozado y adaptado por la inteligente pluma de Elio Palencia) Es estar frente a los conflictos eternos que nuestros países han sufrido desde su emancipación. La justicia territorial, la justicia e igualdad social, la opresión, la supervivencia del más apto y la supremacía de ricos sobre pobres. Hoy en día las cosas no han cambiado, seguimos transitando el mismo camino y la situación por la que pasa el protagonista de Barranca abajo, seguro la está viviendo cualquiera de nuestros campesinos en algún poblado remoto de nuestras regiones.

Don Zoilo, debe evitar que su familia se desmorone por la pérdida de sus tierras a mano de terratenientes inescrupulosos, además de luchar por la pugna interna familiar y los enfrentamientos que lo primero ocasiona. Todo parece estar confabulado para que Zoilo fracase y así sucede, inevitablemente, la desesperación y la depresión le ganan el juego y le vencen para terminar con su vida, solo, abandonado y triste.

El director, Costa Palamides, consigue en esta puesta dibujar sin espectacularidad pero con destreza, el cuadro realista (al estilo Rengifo) de una manera extraordinaria, su veteranía y madurez como puestista le hace utilizar sus recursos intuitivos de director y su técnica conocida para recrearnos el oído y la vista con imágenes contundentes, sabe conducir a sus actores y logra inteligentemente no traspasar la línea delgada del drama al melodrama, que es lo riesgoso de este tipo de textos.

Gracias al casting que lo acompaña, Palamides, logra hilar fino, entregando una lectura de Barranca abajo, auténtica, sincera, donde el espectador disfruta de convincentes y sólidas caracterizaciones de la mano de: las primeras actrices, Virginia Urdaneta y Nirma Prieto; el encanto y talento de Norma Monasterios, quien en este papel se crece como la maléfica cuñada que lleva las situaciones al borde del abismo; William Escalante y José Gregorio Martínez, duchos en su oficio y las jóvenes: Emily Mena y Mariela Reyes, como las hijas de Zoilo. Definitivamente un elenco que supo amalgamarse de manera perfecta para junto a su director llevar el mensaje deseado.

Un punto a su favor se apunta la Compañía Nacional de Teatro (transformada en coproductora de espectáculos a nivel nacional, en alianzas con distintos grupos) con Barranca abajo, gracias a la solidez del trabajo que por más de 20 años viene realizando TEATRELA. Era necesario y justo que después de tanto probar dieran en el blanco con una alianza estratégica muy eficaz, y no podría esperarse otro resultado cuando se cobija bajo la buena sombra que puede brindar un colectivo teatral tan profesional y serio como TEATRELA, que junto a una esmerada producción de Cocó Seijas y Juan Carlos Azuaje, colocan la guinda al helado, para demostrar que sí se puede producir con calidad y profesionalismo sobre nuestras tablas.


Elio Palencia sigue dando de qué hablar
Ya había abierto el compás de discusión y llenado centímetros de columnas en los periódicos, aunado a las discusiones en cafés y particulares, con su polémica La Quinta Dayana, que arrasó con los Premios Municipales de Teatro de Caracas de 2007, al proponer la revisión del tema transgénico en las tablas venezolanas por primera vez. Dos temporadas le sirvieron para levantar la polémica y tener admiradores y detractores, sin embargo, Palencia no se quedó ahí y arremetió desde el CELARG, esta vez en la Sala Experimental con su obra Penitentes.

Protagonizada por Ludwing Pineda, Delbis Cardona y José Gregorio Martínez, Penitentes nos cuenta los antecedentes y consecuencias que rodearon la muerte de un importante personaje de la iglesia católica venezolana, ocurrido en un hotel de la ciudad a manos, aparentemente, de su amante homosexual y cómo el hecho hizo mella en la opinión pública y en las altas esferas de la iglesia y el gobierno, convirtiéndose en un acontecimiento que había que callar y resolver de inmediato por las implicaciones del caso.
Lo interesante de este drama contemporáneo que nos entrega Palencia, es su estructura de relato, los saltos en el tiempo y flash back de la acción dramática, nos hacen enterarnos de cómo, supuestamente, pudieron ocurrir los hechos que llevaron a la muerte del religioso. Su ruptura de linealidad consigue cómoda horma de nuevo de la mano del puestista y director Costa Palamides, quien traduce en los actores y en el espacio espectacular de su lectura estas rupturas, haciendo que el dinamismo y el ritmo conviertan al espectador en atento voyeur de las últimas horas de la víctima en cuestión.

No sólo por la temática que pone en el tapete Palencia, es que esta pieza se hace foco de las miradas de todos, sino que el tratamiento que le da Palamides corona lo pedido por el dramaturgo: saciar la sed de morbo del espectador curioso, más aún acompañado por este sólido trío de actores, que sin mucho esfuerzo logran enganchar al público con su presencia escénica y lo contundente de sus parlamentos y acciones: Ludwing Pineda, demuestra una vez más su sapiencia del oficio y nos entrega un religioso desviado, obsesionado y condenado por él mismo y por sus actos. Delbis Cardona como el compañero sentimental, se crece como actor en este dramático papel y desborda en desesperación y ansiedad de no saberse amado por el objeto deseado. Por su parte José Gregorio Martínez, echa mano de su encanto en escena y su gran talento, demostrando un aparente culpable, un gigoló de los bajos fondos, que se enreda la vida por haber estado la última noche con el occiso por casualidad y ambición.

Inteligente resolución espacial, de parte de Valentina Hertz y de vestuario, en manos de Omar Borges, junto a la producción como siempre de altura que ofrece TEATRELA como colectivo escénico con Cocó Seijas y Juan Carlos Azuaje a la cabeza.

Una dupla que ha descubierto, con dos montajes, que una comunión eficaz entre dramaturgo y director, aunado al profesionalismo, el talento y la veteranía, de sus actores y productores, demuestran una vez más que si es posible coronar con muy buen teatro nuestra cartelera teatral, ojalá continúen trabajando en conjunto.

L. A. R.
Caracas, 18 de agosto de 2008

domingo, 10 de agosto de 2008

El TET y Contrajuego proponen sendas visiones del país



Parecía que el momento no iba a llegar, tuvimos que esperar casi una década de ebullición política, social y económica, para que los creadores del Teatro Venezolano volcaran su mirada hacia lo que nos está pasando como sociedad. Hasta el momento, algunas agrupaciones aisladas habían hecho el intento, pero sin ninguna trascendencia, hoy gracias a los montajes: Marat Sade y Parece que va a temblar, podemos decir que nuestra escena nacional dispara las alarmas y escenifica el reflejo de una nación cada vez más viciada y carente de valores.

El TET de cumpleaños
Hace ya treinta y cinco años que un grupo de experimentadores teatrales asumió el reto de reunirse en los sótanos del Aula Magna y sellar lo que dio lugar al Taller Experimental de Teatro (TET), liderado en aquel entonces por Eduardo Gil. Más de tres décadas han pasado de constantes búsquedas, de definición de un lenguaje propio, de introducción de nuevas técnicas escénicas, de vanguardia y renovación de la escena venezolana, eran los años setenta y con ellos asistíamos al génesis de una de las agrupaciones que hoy en día es punto de referencia y ejemplo de profesionalismo y estudio de las artes escénicas en Venezuela.

La celebración de los treinta y cinco del TET, no podía ser de otra manera, sino con bombos y platillos, botando la casa por la ventana, pero no literalmente, sino simbólicamente, lo que llamaremos botar la casa por la ventana, en este caso, se reduce a invertir creatividad, ingenio, compromiso profesional y político para colocar en escena una pieza como Marat Sade, original de Peter Weiss, uno de los dramaturgos europeos más reconocidos del Siglo XX, brillantemente dirigido por Juan Cordido.

“Marat-Sade relata su anécdota en el sanatorio de Charenton, donde se presenta una obra teatral que un ilustre paciente, el Marqués de Sade, ha escrito y dirigido. Esta pieza es interpretada por otros internos de la institución. El tema: el asesinato del líder jacobino Jean-Paul Marat, por parte de la joven girondina, Charlotte Corday en 1793. El tema opone dos conceptos enemigos de la revolución, el de Sade sobre la revolución de la libertad y el individuo y el de Marat sobre la igualdad social y el fin de la pobreza”. [1]

Con sendas posturas ideológicas en torno a la revolución política que eternamente ha intentado el hombre a lo largo de la historia universal, es que, sagazmente, el director, hace confluir en este montaje una impecable interpretación de sus histriones, junto a una arrojada puesta en escena plena de teatro minimalista y multimedia, cargada de simbología muy impactante, que hace reflexionar acerca de nuestro proceso político actual.

El TET denuncia, grita fuerte, rompe esquemas, es contundente, mordaz, incisivo, penetrante y da justo en el clavo con lo que un artista de la sociedad venezolana actual vive en medio del ojo del huracán de una mal llamada “Revolución”; que después de casi una década, todos nos preguntamos: ¿Dónde está?

Con ese particular estilo transgresor, que ya el texto por sí mismo arguye, se dibuja una extraordinaria crítica, tomando una anécdota pasada para contar un hecho histórico actual, a la mejor manera del teatro “cabrujiano”, el colectivo experimental, toma el texto de Weiss y lo presenta para hablarnos de nosotros mismos. Un despliegue multimedia, recursos técnicos creativos, luz, videos, música, cuerpos, voces, textos, impregnan el espacio, sin permitir descanso alguno durante hora y media, para contar los momentos finales de la vida de Jean Paul Marat, un fascinante juego donde la metateatralidad es la protagonista y la yuxtaposición de espacios temporales juegan a narrar la locura de una revolución perdida.

Las interpretaciones resaltan y cautivan al espectador, por su sencillez y contundencia, por el despojo del elemento escenográfico y la decoración, por la carencia del vestuario elaborado. He ahí donde reside la magia, el actor como es, dejando que el personaje denuncie y grite a los cuatro vientos la poca consciencia de una sociedad arrastrada al vicio político, que se revuelca en sus propios excrementos sin darse cuenta de lo que hace. Exactamente como los desquiciados del Sanatorio de Charenton. Determinantes son las caracterizaciones de Carlos Sanchez Torrealba en su papel de Sade y de Jesús Sosa, como el atormentado Marat, en ellos se sostiene todo el conjunto de actores, junto a una exquisita Charlotte Corday, en la voz de todo el elenco (acierto innegable de la dirección) y el cuerpo y emociones de Auraelena Pizanni. También resaltan los trabajos de los veteranos: Guilermo Díaz Yuma, Alma Blanco y Ludwing Pineda, junto a los jóvenes Ángel Ordaz y Dixon Da Costa.
En resumen, asistimos a la concreción de un inteligente montaje, sin pretensiones espectaculares, que lejos de convertirse en un panfleto político, impacta por su auténtica y fina crítica social. Con esta puesta en escena el TET acierta de nuevo y da cuenta de sus treinta y cinco años de madurez profesional sobre las tablas venezolanas.

Un terremoto se avecina
En 2003, el director, actor y dramaturgo Ricardo Nortier, de origen brasilero, pero radicado hace ya muchos años en Venezuela, realizó una disección de nuestra sociedad a propósito de los eventos políticos acaecidos en el país durante 2002. Nortier se distanció de los hechos y sus consecuencias, produjo así, una trilogía de textos intitulada: Revoluciones Por Minuto, contentiva de las piezas: Parece que va a temblar, Esperancita y Semáforo. La primera cumple temporada en la Sala Horacio Peterson del Ateneo de Caracas, gracias a las interpretaciones de: Eulalia Siso, Antonieta Colón, Gabriel Agüero, Arianna Savio y Alberto Alifa, bajo la dirección de Orlando Arocha, líder del grupo Contrajuego y que con este montaje se convierte en uno de los directores venezolanos más comprometidos con su realidad circundante.
Arocha, literalmente encajona la puesta en escena, la asfixia, la limita a un espacio incrustado, es una caja, que representa la sala de la típica casa de La Abuela (Antonieta Colón), de una familia clase media venida a menos. Ahí está uno de los aciertos de la dirección, la creación de este espacio, produce inmediatamente la asfixia, la aglomeración, el hacinamiento, la falta de aire: así se encuentra la familia venezolana. Destinada a sobrevivir a una realidad, que, en muchos casos no hemos escogido y que parte de los caprichos de una dirigencia política extraviada. En consecuencia, los personajes de esta disfuncional familia venezolana, fracasan eternamente, intentan el cambio, quieren pero no pueden y por eso sobreviene el hastío, la impotencia y finalmente la resignación y el vivir de batallas intrascendentes que nunca se ganarán: “Son figuras que tratan de hacer su propia revolución desde la más básica cotidianidad. Ya no hay posibilidad de transformación, reina el fastidio, el desencuentro, la intolerancia y como individuos imponen sus ideas radicales, discursos vacíos, temas banales.”[2]

Lo más terrible del asunto, es que, esa es la realidad no sólo de la familia, sino de las instituciones que nos gobiernan, donde impera el vicio, el arribismo, la corrupción, la ignorancia, la marginalidad, la dejadez y la falta de proyectos de país en función de sus necesidades. Cada quien defiende su pequeño territorio, su bolsa de comida, su bozal de arepas. Como bestias, se agrede al otro sin importar las consecuencias. Nos asesinamos, insultamos, ignoramos, maltratamos, injuriamos y nadie hace nada la impunidad es la gran protagonista.

Parece que va a temblar, bebe lo más oscuro del venezolano, retrata con fina pluma en cuatro monólogos, las miserias de un país y sus habitantes, o mejor dicho, sus sobrevivientes. Inteligentemente, Nortier introduce el dedo en la llaga para causarnos el dolor más profundo y golpear duro. Su estructura dramatúrgica invita al soliloquio, a la reflexión, al pensamiento introspectivo de cada personaje, a la individualidad, cada uno monologa, aunque esté el otro, no importa lo que diga: los más grandes improperios, maldiciones y vejaciones, se escupen en un discurso que no trasciende al otro personaje, pues la indiferencia es tal que ya ni siquiera importa qué sucede con mi semejante y si es mi familia menos aun.

No sólo la pérdida de la esperanza, sino el verdadero debacle de los más elementales principios de humanidad están en tela de juicio en esta pieza. Que irrumpe en la escena caraqueña como un llamado de alerta, si se quiere, como un grito desgarrador en medio de tanto silencio y tanto aguantar golpes, en ese mismo instante cuando creemos que las fuerzas nos abandonan, es ahí donde los cuatro personajes de esta tragicomedia contemporánea “vomitan” sus putrefactos verbos.

Los actores por su parte evidencian la correcta dirección de Arocha. Este es un montaje meramente textual, no hay casi dramaturgia escénica, no se necesita, el movimiento está en el interior de cada personaje, son volcanes en plena erupción, pero han impedido tanto que ésta ocurra, que cuando sobreviene la lava ya está convertida en humo, por eso no se escuchan entre ellos. Resaltan las interpretaciones de Colón, a quien teníamos tiempo sin disfrutar de su talento en escena, actriz de gran madurez histriónica, que debería ocupar mayores listas de elencos en las tablas venezolanas. Eulalia Siso, demuestra su veteranía en el papel de La Madre , ella es todas las madres venezolanas, no panfletaria, no estereotipo, todo lo contrario, es la encarnación de la clase media profesional extraída de raíz y despojada de toda posibilidad de retoño. Los jóvenes: Agüero y Savio, representan dignamente a las nuevas generaciones de actores venezolanos, el primero, formado en la agrupación Rajatabla, se hace su propio camino en el difícil arte de la actuación, pero siempre sale airoso por su indiscutible talento. Por su parte Arianna Savio, arranca con esta pieza su vida de actriz profesional, con muy buen pie, auténtica, con verdad en lo que le toca representar. Alifa, echa mano de sus años en el medio actoral y resuelve de manera correcta su papel de Padre-parásito, sin muchos artificios.

En consecuencia, tanto el Taller Experimental de Teatro como la agrupación Contrajuego, han dado un golpe certero en la cartelera teatral caraqueña, han despertado el silencio y estamos seguros propiciarán la discusión estética, dramatúrgica, social y política tan necesaria en estos tiempos. Más aún si su seno es el arte teatral. Como ya lo han afirmado muchos, el teatro es vocero de su sociedad, cuenta los procesos de transformación de los pueblos que lo producen, gracias estos sendos montajes, podemos decir que ha comenzado a verse la luz al final del túnel.
L. A. R
Caracas, 05 de agosto de 2008
[2] Tomado del programa de mano de la obra.

lunes, 28 de julio de 2008

Cuando la guerra no nos deja dormir en paz


El segundo semestre del año 2008, comienza con inusitadas propuestas escénicas en la marquesina teatral caraqueña, decimos inusitadas, porque observamos un cambio radical, un giro de 180°, que pronosticamos hace algunos años ocurriría en nuestro teatro venezolano. En ese pronóstico, decíamos, que llegará el momento en que se cumpla el ciclo y la fórmula comercial se agote, para que nuestro arte escénico vuelva sus ojos a otros derroteros y tome el brillo que en otrora tuvo.
Evidentemente que todo pasa por un proceso de decantación, la sociedad venezolana ha vivido y vive terribles dinámicas políticas, económicas, sociales. La vorágine de situaciones en las que nos hemos visto envueltos, no permitía, hasta ahora, vislumbrar desde dónde debíamos hablar, qué teníamos que plantear sobre la escena, cuáles eran los textos adecuados, cuáles eran las necesidades del público, por eso le dimos durante más de de diez años el pan y circo que todos conocemos. La reflexión inexistente apuntaba a: ¡Que se rían, que se diviertan y no piensen, ya es suficiente con lo que aparece en la televisión y lo que se vive a diario! En consecuencia se produjo un teatro de la evasión o evasivo, como se quiera llamar.

El hechizo se ha roto, enhorabuena, desde comienzos del mes de junio y el transcurso de julio, la cartelera teatral caraqueña se ha visto plagada de montajes que retoman el compromiso del dramaturgo, el director, los actores y estetas por crear una verdadera tribuna desde donde se puede entender el mundo y el país donde vivimos. Piezas venezolanas o de dramaturgos extranjeros, han puesto la lupa sobre lo que nos ha pasado, nos pasa y nos podría pasar. El teatrero venezolano ha despertado del sueño en el que se encontraba y este nuevo amanecer acurre, no de gratis, gracias al vigoroso movimiento teatral de los nuevos grupos de jóvenes comprometidos con su arte y sobre todo con su sociedad, aunados a los ya establecidos que continúan luchando por exponer sus trabajos más allá de la superficialidad de la forma.

Cuando la guerra no nos deja dormir en paz
Una de las más atroces invenciones del ser humano, es la guerra, la lucha por territorios, filosofías, religiones, comercio, riquezas, en fin, la pugna armada se ha convertido, desde que el hombre está en la faz de la tierra, en una de las formas más inútiles de conseguir cualquier reivindicación. Pero lo terrible de la guerra no es ella en sí misma, no, sino los inocentes que dan la cara o sufren los embates de los conflictos y deben resignarse a perder seres queridos, casas, pertenencias, ser desplazados o simplemente morir, por una causa que muchas veces les es ajena.
La joven agrupación, Tumba Rancho Teatro, liderada por Karin Valecillos, Jesús Carreño y Giovanny García, han reflexionado el asunto desde su inteligente visión de artistas teatrales y han producido un conmovedor y contundente espectáculo intitulado: Cuentos de guerra para dormir en paz, pluma original de Valecillos y dirección de Carreño, que se presenta en la galería Espacios Cálidos del Ateneo de Caracas hasta el mes de agosto.

Karin Valecillos, dramaturga y guionista de televisión, ha sabido abrirse camino en el difícil mundo de las letras venezolanas, su persistencia y ganas de ser escuchada, le han permitido comenzar a sonar y ganarse la atención del público con textos sencillos, pero de trascendencia en la memoria colectiva del caraqueño y más dirigidos a un espectador que estaba abandonado, el joven; ese espectador que no supera la veintena y que se identifica inmediatamente con sus escritos, porque les habla su mismo idioma. Desde Isabel sueña con orquídeas, su primera pieza infantil, producida por el Grupo Actoral 80, pasando por Los tres mosqueteros, El día que Peter Pan conoció a Wendy Pérez, hasta Lo que Kurt Cobain se llevó, entre otras, Valecillos se ha proporcionado un justo reconocimiento y con su más reciente trabajo, invita a no perderle atención como una de las nuevas dramaturgas venezolanas que pronto hay que estudiar.

Esta vez, la dramaturga, nos cuenta una historia fragmentada en cuatro partes: Grita Kassandra; Un chiste de las Malvinas; Mandrake Copperfield, hijo de Houdinni y El Medio Oriente es de Carúpano para allá. Cuatro piezas breves que nos hablan de seres humanos inmersos en la injusticia de la guerra. La primera, es la historia de Tihana y Danica, dos hermanas separadas por la Guerra que ocasiona la desaparición de Yugoslavia (1991) pero unidas por el culebrón venezolano Kassandra, que fue transmitido en ese país y permitió un cese al fuego cuando fue televisado su último capítulo. La segunda, coloca el dedo en la llaga del conflicto de las islas Malvinas en los años ‘80 y la repercusión de éste en sus ex combatientes. A manera de chiste, Valecillos apunta directo a la crítica de las consecuencias de un inútil enfrentamiento. La tercera, con extraordinaria sencillez y ternura, nos presenta una pareja de desplazados colombianos, aunque no combatientes, son víctimas de una pugna política que por más de cuarenta años ha cobrado la vida de millones de seres humanos en la vecina Colombia. Finalmente la risa de nuevo, ese humor venezolano tan característico, adereza la terrible invasión al Medio Oriente por parte de Estados Unidos para desatar la Guerra del Golfo Pérsico que todos “disfrutamos” en primera fila a través de la televisión. Una pareja oriunda de Carúpano (población del Oriente venezolano) escucha la noticia por radio y su ignorancia e inocencia los hace creer que el Medio Oriente es el territorio donde ellos viven.
Por su parte Jesús Carreño, con su puesta en escena sin espectacularidad, se apoya en la dramaturgia y el poder que ella emana, para armar un espectáculo sencillo, deja de lado la forma para concentrarse en el contenido. Acertadamente conduce a sus actores al buen decir, a la verdad escénica y a mostrar las distintas situaciones sin pretensiones y creemos es allí donde se centra el acierto. Esta es una pieza para escuchar. Muy difícil de representar, en tanto se puede coquetear con el melodrama, lo cursi, o el panfleto político, cosa que no ocurre, gracias a las letras de Valecillos y a la correcta guía de Carreño. No podemos dejar de nombrar en la propuesta de dirección, la inclusión de la atmósfera musical en vivo, a cargo de los músicos Abiram Brizuela, como compositor y ejecutante, acompañado de Ana Elba Dominguez, Adriana Hernández, Andrea Ziri-Castro y Beiteth Briceño. Ciertamente en trascendente comunión con las anécdotas contadas.

Nathalia Paolini, Patrizia Fusco, Giovanny García, Elvis Chaveinte, Jesús Carreño e Indira Jiménez, son los encargados de encarnar las cuatro historias, más un corto metraje, proyectado a manera de transición entre los diálogos, El brillo, original de Carreño y dirigido por Robert Calzadilla, que completa el abanico de puntos de vista del álgido tema. De sus caracterizaciones sin duda hay que resaltar la uniformidad actoral de alto nivel. Sin más recursos que sus cuerpos, voces y emociones los seis intérpretes, dan rienda suelta a su talento para entregar al público un sincero conmovedor panorama, pleno de compromiso con la profesión escénica.
En síntesis, con este montaje, los jóvenes de Tumba Rancho Teatro, estamos seguros, se colocan sus pantalones largos para entrar en las páginas de la historia del teatro venezolano como la nueva generación que despierta al gigante arte escénico profesional de nuestro país. ¡Bravo!

L. A. R.

Caracas, 28 de Julio de 2008